Razones para leer “Los susurros de Santa Bárbara”

Santiago recibe una revelación de la patrona el día de su festividad Así comienza Los susurros de Santa Bárbara, la novela de Pedro R. Ortiz, psicólogo y psicoanalista de profesión, y hombre de mundo, en definitiva. Una obra que cuenta la historia de un hombre ingenioso y atormentado. Su objetivo: ser el primero en llegar a la cima.

Porque lo realmente llamativo de esta novela es el viaje personal que realiza el personaje, Santiago; viaje que le lleva desde la ingenuidad más absoluta hasta convertirse en un ser oscuro, «incluso algo siniestro», confiesa Ortiz.

Una novela que, asimismo, se centra en diferentes cuestiones: la búsqueda, los orígenes, la intriga, los secretos, la muerte, los viajes, los personajes con matices surrealistas. «Quise contar algo que implicara todo eso, porque la mezcla entre el costumbrismo y la modernidad me interesaba. Hay algo de eso en esta novela», apunta de nuevo el autor de Los susurros de Santa Bárbara.

En consecuencia, de todas aquellas la más importante son las creencias. «El personaje de Santiago, ante las preguntas inexorables de su vida, recurrió al ritual, y a una suerte de fe ciega que le permitiera forjarse un camino. Y de manera evidente, esto se concentra en las creencias que forman parte del folclore de la isla donde habita hasta su adolescencia. Al mismo tiempo, está el tema de la ambición, una ambición que comienza disfrazada, como el típico sueño de ser rico, como un juego inocente, pero que luego se va transformando en otra cosa», detalla Pedro R. Ortiz, quien apostilla que, también por otro lado, está la cuestión del destino: «Me gusta problematizar con el tema, jugar un poco con él, varias preguntas pueden surgir: ¿existe de verdad el destino? ¿El destino lo inventamos o está predeterminado? Todo ello contado en una historia sencilla, con los elementos básicos de la intriga».

Ya sólo te animamos a leer esta novela, que resultó finalista del I Premio de Narrativa Palindromus en Maracaibo, Venezuela. Buena referencia, desde luego.

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